jueves, 14 de febrero de 2019

Entera de rojo.


Extrapolo mi sueño
a mi más cruda realidad.
Esa que no me representa,
y que tampoco quiero que
lo haga.

Extrapolo mis sueños más
húmedos a las manos
menos correctas.

Sueño que te toco todas
las noches y que nuestra
historia, es el amor nunca
escrito.

Y me enamoré de ti
sin que existieras, porque
me hacías sentir todo
lo que un hombre no pudo.

El primer sueño fue en la esquina
en la que paré para quitarme
el tacón. Me viste, y ya te sentí
dentro de mí.
Nos miramos.

El segundo fue cuando,
de nuevo por error, nos
topamos en aquella cafetería
cutre sacada del Manhattan más
tradicional.
Nos reímos en la distancia.

Entre el segundo y el tercero
empecé a ver que la realidad
es más cruda que la ficción,
que era más feliz durmiendo
porque te veía y sin embargo,
al despertar, empezaba mi pesadilla.

La que tenía que vivir.
A la me sometieron.
La que me reprimió.
La que me obligó a hacer
lo que se supone que es correcto.
El hombre.

Porque me enamoré de ti
en el tercer sueño. Con tu tez
blanca,  tu pelo rojo y tus labios
claros. Tus ojos de cleopatra
y tu pudor al desnudo.

Volví a despertar y ahí,
empezaba mi camino
sin retorno.
No era feliz si no estabas tú.

En el cuarto sucumbimos
a la pasión infernal, al comernos
y bebernos, al querernos sin odiarnos,
a desearnos  sin tocarnos.
Caí en la trampa más mortal
sin estar en la realidad.

Me rendí ante ti en el
quinto y sexto sueño.

Y al despertar, vi que ya te quería,
que haría lo que fuera por
ver tu pelo rojo todas las mañanas
y noches sin miedo a despertar
y ver que no estás.

Porque no eres real,
es un sueño.

Y ahí, me di cuenta
que la ficción supera al porno
y fue, despierta en el séptimo sueño,
cuando rajé mis venas y salió rojo.

Allí te vi.
Me cogías del brazo para levantarme.
Ahora ya era feliz.

Porque el sueño superó mi represión
y tuve que perder la vida
para quererte una entera.

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