Extrapolo
mi sueño
a
mi más cruda realidad.
Esa
que no me representa,
y
que tampoco quiero que
lo
haga.
Extrapolo
mis sueños más
húmedos
a las manos
menos
correctas.
Sueño
que te toco todas
las
noches y que nuestra
historia,
es el amor nunca
escrito.
Y
me enamoré de ti
sin
que existieras, porque
me
hacías sentir todo
lo
que un hombre no pudo.
El
primer sueño fue en la esquina
en
la que paré para quitarme
el
tacón. Me viste, y ya te sentí
dentro
de mí.
Nos
miramos.
El
segundo fue cuando,
de
nuevo por error, nos
topamos
en aquella cafetería
cutre
sacada del Manhattan más
tradicional.
Nos
reímos en la distancia.
Entre
el segundo y el tercero
empecé
a ver que la realidad
es
más cruda que la ficción,
que
era más feliz durmiendo
porque
te veía y sin embargo,
al
despertar, empezaba mi pesadilla.
La
que tenía que vivir.
A
la me sometieron.
La
que me reprimió.
La
que me obligó a hacer
lo
que se supone que es correcto.
El
hombre.
Porque
me enamoré de ti
en
el tercer sueño. Con tu tez
blanca, tu pelo rojo y tus labios
claros.
Tus ojos de cleopatra
y
tu pudor al desnudo.
Volví
a despertar y ahí,
empezaba
mi camino
sin
retorno.
No
era feliz si no estabas tú.
En
el cuarto sucumbimos
a
la pasión infernal, al comernos
y
bebernos, al querernos sin odiarnos,
a
desearnos sin tocarnos.
Caí
en la trampa más mortal
sin
estar en la realidad.
Me
rendí ante ti en el
quinto
y sexto sueño.
Y
al despertar, vi que ya te quería,
que
haría lo que fuera por
ver
tu pelo rojo todas las mañanas
y
noches sin miedo a despertar
y
ver que no estás.
Porque
no eres real,
es
un sueño.
Y
ahí, me di cuenta
que
la ficción supera al porno
y
fue, despierta en el séptimo sueño,
cuando
rajé mis venas y salió rojo.
Allí
te vi.
Me
cogías del brazo para levantarme.
Ahora
ya era feliz.
Porque
el sueño superó mi represión
y
tuve que perder la vida
para
quererte una entera.
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