Ahora
que estoy
en
las puertas
de
los 23 inviernos,
quiero
recordar
todo
lo que he vivido
sin
darme cuenta.
Ahora
que dejo los patitos
de
lado, me acuerdo
cuando
la censura me cogió
de
la cintura y la lujuria de lo
obsceno,
me comió el alma.
También
cuando el hermetismo
me
cepillaba el cabello o la ironía
me
robó el corazón, lo que esta nunca
me
dijo es que vino con sarcasmo
de
la mano.
Ahora
que miro atrás veo dos Papas caídos,
y
uno nuevo. Escuché que estuvimos
un
año sin presidente y ahí, el humor
me
caló en los huesos.
Aún
me acuerdo de la abdicación
del
Rey y la revolución por un
referéndum
me agarró la mano
o
cuando Cataluña se quiso declarar
independiente.
Sigo
viendo con ojos verdes,
como,
a veces, la bordería, la frialdad
o
el cinismo se antepusieron en mi camino
lleno
de piedras.
Algunas
pequeñas.
Otras
enormes.
Con
el 8M llegó el morado y mi amor
a
las personas, a todas, aunque yo,
lo
supiera de hace más tiempo.
Con
las costuras rotas de mi Andalucía,
lloré
lágrimas negras, como hice siempre
que
pinté en los días nublados.
Con
menos de 23 años he vivido guerra
de
poderes de mano de los más ladrones
y
así, mis ideales y valores se atrincheraron
en
cada uno de mis órganos.
Recuerdo
cuando la felicidad me abrazó,
cuando
me besó el amor correspondido y
la
caricia del que no lo fue. Las lágrimas
de
las traiciones y las salidas, sin despedida,
que
llevaban por nombre decepción.
Las
risas durante meses incluso, años,
me
hicieron más fuerte.
Personas
me enseñaron que todo
vale,
que el amor es Roma del revés
y
que “te dejo” es “jódete”.
Que
hay gente que no cambia
y
si no, que se lo cuenten al PP,
que
el cornudo repite y que
hay
historias que, por mucho
que
deseemos, son probablemente
improbables.
Que
la inocencia del niño
existe
pero no la de un violador.
Que
el miedo puede que sea real
pero
Troya también lo fue y, ardió.
Cerca
de mis 23 he vivido
lucha
de clases y clases de luchas.
Me
quitaron mi hogar y me refugié
en
quienes, a su forma, quisieron
darme
todo aunque recibieran silencio.
Me
he topado con personas que hoy,
las
llevo tan cerca que me las tatué.
Otras
se fueron como esa ola inesperada
que
te arranca de un suspiro el bañador
mientras que algunas, permanecen.
En
8.400 días me han pasado
cosas
increíbles y a lo tonto,
aprendí
a ser. Lo que es mejor
es
que, sin querer, supe transmitir
aquello
que me ha costado tantos
años
de soledad y libretas llenas.
El
día que las letras llegaron a mí
solo
quedaba un año para que
un
papa fuera exiliado.
No
me jodáis, 23
años
dan para mucho y el que
diga
lo contario,
miente.
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