sábado, 12 de enero de 2019

23 sociedades.


Ahora que estoy
en las puertas
de los 23 inviernos,
quiero recordar
todo lo que he vivido
sin darme cuenta.

Ahora que dejo los patitos
de lado, me acuerdo
cuando la censura me cogió
de la cintura y la lujuria de lo
obsceno, me comió el alma.

También cuando el hermetismo
me cepillaba el cabello o la ironía
me robó el corazón, lo que esta nunca
me dijo es que vino con sarcasmo
de la mano.

Ahora que miro atrás veo dos Papas caídos,
y uno nuevo. Escuché que estuvimos
un año sin presidente y ahí, el humor
me caló en los huesos.

Aún me acuerdo de la abdicación
del Rey y la revolución por un
referéndum me agarró la mano
o cuando Cataluña se quiso declarar
independiente.

Sigo viendo con ojos verdes,
como, a veces, la bordería, la frialdad
o el cinismo se antepusieron en mi camino
lleno de piedras.

Algunas pequeñas.
Otras enormes.

Con el 8M llegó el morado y mi amor
a las personas, a todas, aunque yo,
lo supiera de hace más tiempo.

Con las costuras rotas de mi Andalucía,
lloré lágrimas negras, como hice siempre
que pinté en los días nublados.

Con menos de 23 años he vivido guerra
de poderes de mano de los más ladrones
y así, mis ideales y valores se atrincheraron
en cada uno de mis órganos.

Recuerdo cuando la felicidad me abrazó,
cuando me besó el amor correspondido y
la caricia del que no lo fue. Las lágrimas
de las traiciones y las salidas, sin despedida,
que llevaban por nombre decepción.

Las risas durante meses incluso, años,
me hicieron más fuerte.
Personas me enseñaron que todo
vale, que el amor es Roma del revés
y que “te dejo” es “jódete”.

Que hay gente que no cambia
y si no, que se lo cuenten al PP,
que el cornudo repite y que
hay historias que, por mucho
que deseemos, son probablemente
improbables.

Que la inocencia del niño
existe pero no la de un violador.
Que el miedo puede que sea real
pero Troya también lo fue y,  ardió.

Cerca de mis 23 he vivido
lucha de clases y clases de luchas.
Me quitaron mi hogar y me refugié
en quienes, a su forma, quisieron
darme todo aunque recibieran silencio.

Me he topado con personas que hoy,
las llevo tan cerca que me las tatué.
Otras se fueron como esa ola inesperada
que te arranca de un suspiro el bañador
mientras que algunas, permanecen.

En 8.400 días me han pasado
cosas increíbles y a lo tonto,
aprendí a ser. Lo que es mejor
es que, sin querer, supe transmitir
aquello que me ha costado tantos
años de soledad y libretas llenas.

El día que las letras llegaron a mí
solo quedaba un año para que
un papa fuera exiliado.

No me jodáis, 23
años dan para mucho y el que
diga lo contario,
miente.





No hay comentarios:

Publicar un comentario