lunes, 4 de febrero de 2019

La marcha.


No perdono tan fácil.

Ni olvido tan rápido.
No creo que sepa olvidar.

Vivo sumergida en un recuerdo
que no me lleva a nada.
Ni a nadie.

Solo a esta solead inmunda,
en la que no hay reinas ni reyes.
Ni palacios.

Ni paredes.

No me decepcionan a la primera
ni me traicionan a la segunda
pero me matan en la tercera
y resucito en la cuarta.

Escucho los platillos de la marcha
¡qué vienen! ¡qué llegan los soldados!
Qué nos pegan tiros y nos clavan
cuchillos para luego pedirnos perdón,

cuando mi sangre haya recorrido mi sien
o después de que me haya reventado
el corazón.

¡Qué vienen!
¡Qué están aquí!
Qué empiece la función.
Qué se abra el telón y suene
el primer tambor.

¡pam! Primer tiro.

Y ahora los platillos.

¡bum! Primera espada.

¡pam, pam, pam, pam!
Segundo, tercer cuarto
tiroteo.

La sangre corre.
El tiempo acaba.
La vida huye.
La música sigue.

Y vuelta a los tambores
en la marcha funeraria.

Y siguen.
Y no paran.
Y no se cansan.
Traición tras traición.
Tiro tras tiro.
Decepción tras decepción.
Llegan las trompetas.

Y la sangre corre.
Y no cesa.

Y cuando la marcha  
está apunto acabar,
te das cuenta que siempre sonó,
que la sangre es invisible
y que, en realidad, ese líquido
es la vida que corre tanto que
a ver quién es el listo de
ganarle la puta carrera.






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