No
perdono tan fácil.
Ni
olvido tan rápido.
No
creo que sepa olvidar.
Vivo
sumergida en un recuerdo
que
no me lleva a nada.
Ni
a nadie.
Solo
a esta solead inmunda,
en
la que no hay reinas ni reyes.
Ni
palacios.
Ni
paredes.
No
me decepcionan a la primera
ni
me traicionan a la segunda
pero
me matan en la tercera
y
resucito en la cuarta.
Escucho
los platillos de la marcha
¡qué
vienen! ¡qué llegan los soldados!
Qué
nos pegan tiros y nos clavan
cuchillos
para luego pedirnos perdón,
cuando
mi sangre haya recorrido mi sien
o
después de que me haya reventado
el
corazón.
¡Qué
vienen!
¡Qué
están aquí!
Qué
empiece la función.
Qué
se abra el telón y suene
el
primer tambor.
¡pam!
Primer tiro.
Y
ahora los platillos.
¡bum!
Primera espada.
¡pam,
pam, pam, pam!
Segundo,
tercer cuarto
tiroteo.
La
sangre corre.
El
tiempo acaba.
La
vida huye.
La
música sigue.
Y
vuelta a los tambores
en
la marcha funeraria.
Y
siguen.
Y
no paran.
Y
no se cansan.
Traición
tras traición.
Tiro
tras tiro.
Decepción
tras decepción.
Llegan
las trompetas.
Y
la sangre corre.
Y
no cesa.
Y
cuando la marcha
está apunto acabar,
te
das cuenta que siempre sonó,
que
la sangre es invisible
y
que, en realidad, ese líquido
es
la vida que corre tanto que
a
ver quién es el listo de
ganarle
la puta carrera.
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