Envidia.
Soberbia.
Avaricia.
Gula.
Pereza.
Ira.
Lujuria.
Y es de este último
del que quiero escribir.
Esa lujuria que deseamos,
que buscamos y que a veces,
hallamos. Todos queremos
pecar de eso y sobrepasarnos
aún sabiendo que la Santa
iglesia católica nos condenará
al fuego eterno como si eso
yo ya no lo supiera.
Para pecar hay que ser mujer y
virtuosa.
Porque ¿a quién no le gusta
que le den placer?
Con el pelo alborotado,
las mejillas sonrosadas,
con boca entre abierta
y la espalda arqueada.
Hasta el fondo de nosotros.
Hasta gritar de placer en
gemidos de silencio y cagándote
en todo por no poder alzar
la voz tal y como quieres.
Porque ¿a quién no le gusta
dar placer?
Ponerte encima y sentirse poderosa
mientras llevas al extremo a esa persona
que sabes, que no puede más y aún así
la dejas ahí, con las ganas para luego,
entrar en la bondad sexual y hacer
que gima tan alto como las cuatro
paredes que le rodean.
Porque ¿a quién no le gusta
ser lujuria? Sentirse deseada,
pasional entre besos mojados
y fluidos que salen solos al compás
de unos dedos y una lengua
con ganas de jugar y de pecar.
Pecar alto.
Pecar de lujuria.
¿a quién no le gusta?
Yo volvería a pecar
si dijese que no.
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