Y llega el frío
y con él, las estufas,
los paños y los
"ven, siéntate a mi lado,
dame calor".
También llega
la época de las luces,
esa en la que los huesos
se estremecen cuando
sales del metro y los
abrigos que te compraste en
rebajas el agosto pasado.
Pero ahora, con el frío
siento que soy persona,
una que no está preparada
para nada y para todo a la vez
aunque en realidad,
nadie está programado para nada.
No estamos listos para amar,
ni para odiar.
No sabemos cuando volverá
esa carcajada pura detrás
de cuatro cervezas y un chiste malo
o cuando tendremos una de esas conversaciones
que nos ensanchan el alma.
Ahora con el calor del frío
vuelvo a llenar mi cuerpo
de mí.
Ha pasado mucho tiempo
desde la última vez que
me sentí tan plena, pletórica,
tan bien conmigo.
Y aún así, sigo sin estar
preparada.
A fin de cuentas,
siempre fui aquella mujer
que le gustaba oler
cerillas recién apagadas.
Y para eso, tampoco estuve
programada.
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