Donde pongo el ojo está claro
que no pongo la bala. Seguro.
Donde pongo el ojo tampoco está
ese sapo que, al besarlo, es un
príncipe. Segurísima de que tampoco.
Donde pongo el ojo no está mi media naranja
ni siquiera, mi medio pomelo, ni un cuarto
de limón.
Donde pongo el ojo no hallo ese polvo salvaje
si no a una loca empedernida.
Desde luego, que donde pongo el ojo no
encuentro nada de lo que busco eso sí,
qué de tesoros me llevo gracias a mi mal ojo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario