domingo, 28 de mayo de 2017

A Málaga.

Escribo desde hostales
lujos, llenos de sábanas
blancas y calefacciones mugrientas.
Escribo en servilletas de los
restaurantes menos caros de la ciudad.
Quiero sin cerveza y reconozco
la valentía cubierta de cobardía.

Qué difícil es saber si lo que hacemos
está bien pero, aún así, lo hacemos.
Escuchamos y aplicamos técnicas locas,
pintamos en cuadernos llenos de apuntes,
rezamos a quienes no sabemos, lloramos
a la muerte y, pedimos ayuda.

Ayuda del raciocinio, de la objetividad,
de la lejanía, de la frivolidad, de la frialdad,
de la máscara y por su puesto, de la censura.
Nos agarramos a clavos ardiendo y nos cegamos
en la primera estrofa y cuarto verso.
Unimos caminos por la vía de la objetividad,
podemos querer o no pero de lo que estoy segura,
desde este hostal lujoso en medio del bullicio, es de
que  no debemos implantar nuestra filosofía antagónica
al mundo.

No debo pero sobre todo, no quiero, no me da la gana
y para ser sincera, no me sale del santísimo coño.

No.
No.
Y mil veces no.

Nos quedan muchas vías con mal final
pero sobre todo, nos quedan miles de raíles
llenos de plenitud bajo el pecado más obsceno,
más cruel, más deseado, más placentero, más todo
porque hasta que no nos montamos en el tren
no sabemos donde bajamos y eso es tan loco,
como irse a Málaga.

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