Me sale hablar de izquierda a derecha, del revés, de lo que no sé y de lo que me invento mientras hablo.
Me sale hablar de todo y de nada mientras el tiempo pasa como si los segundo nos los estuviéramos fumando, bebiendo, soñando, amándolos y a la vez, despidiéndolos con un abrir y cerrar de ojos.
Me sale regalar una sonrisa a quien quiero, a quien me hace bien incluso, a quien raja detrás de mi como una mala pécora.
Siempre cuidé de mi lengua viperina, aunque reconozco que cada vez, lo hago menos y soy más feliz y eso, se nota.
Aprendí a perdonar y a decir hasta que lo no pasa por ese filtro que todos tenemos y, no me va tan mal, solo me inculqué que no puedo gustar a todos y, por esa misma razón no voy a esforzarme en gustar a quien no me gusta a mí.
Me sale hablar en árabe y en un idioma que ni siquiera existe pero siempre, he encontrado a alguien que me traduzca y a esos son los que le hago regalos de martes, sonrisas de jueves y llantos de domingo, con quienes puedo dormir abrazados y tener charlas de matrimonio hasta que el sueño viene a mi.
Con esos pasa el tiempo en un suspiro y mi cabeza a su vez, vuelve a su sitio después de tanto ajetreo.
Esos mismos a los que le robo tabaco, les doy cerveza, y todo lo que pueda tener sin que me hayan preguntado si se lo doy, es tuyo, vuestro, nuestro.
Aprendí a compartir y soy más feliz.
A día de hoy puedo decir que cada vez admiro a más a todas esas personas con las que puedo ser yo y que sin asustarse siguen ahí al pie del cañón y eso, es lo más bonito que se puede compartir, la felicidad de muchos en un espacio donde caben tan pocas personas como dedos en la mano izquierda pero, y lo bonito que es compartir felicidad ¿qué?
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