Siento cómo el silencio
nos consume poco a poco,
pero para nada
es incómodo.
Siento que hay
conversaciones finitas
e infinitas y, últimamente,
creo que solo abarco
las primeras.
Siento prohibición
en mí y que no
me la he puesto yo,
y creo que algún
capítulo dejé por cerrar.
Puede que sea hora
de hacerlo, de cerrar
puertas que están
encajadas, de tirar candados
que deberían de haber
desaparecido ya y de
matar moscas a base
de polvos queridos.
Creo que está llegando
la hora de comernos
solos y de tirar
por la borda todas las
pasiones que la física
crea en los cuerpos.
Creo que faltan valientes
y sobran cobardes, que
le damos importancia
a situaciones límites pero
¿dónde está el límite?
Sé que no voy a saberlo
nunca y no sé hasta
que punto eso me hace reír.
Sé que el miedo nos
achanta y a mí la primera,
que he pasado mucho, pero
¿y qué?
Vamos a dejarnos de fantasear
con chorros de agua,
con conversaciones gratas,
con personas que no están,
con lo maravilloso del "y si"
pongamos los pies en tierra
un rato y mandemos a los
problemas a tomar por cleta.
Me da igual la vida del resto,
haced lo que queráis pero
luego, no vengáis pidiendo
clemencia cuando alguien
te otorga libertad.
O sí, seguro que sigue
pensando lo mismo.
Sin embargo, no lo haremos
porque no queremos saber
cómo de mal nos vamos a
sentir mañana.
Lo peor de todo, es que
no pensamos en poder
levantarnos bien. Y es eso
lo que nos atormenta:
el cambio a algo mejor.
Cobardes es lo que somos,
prohibición es lo que siento.
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