domingo, 25 de febrero de 2018

Hormonas.

Y ahora, que tengo las
hormonas a mil por hora,
el humor que no sé ni
cómo me siento, el hambre que
no desaparece y el cuerpo
a flor piel vengo a dejar
por escrito lo que mejor
se me da hacer: quejarme.

Hasta los cojones de lo que sí
y de lo que no, de jugar
y no ganar y mira que a mi
un casino me vuelve loca.

Hasta los santos ovarios
de ver piscinas sin agua
y polvos bajo escrito y con
consenso de un puto
"sí" o de un maldito "no".

No, no es tan fácil pero tampoco
es lo más complicado.
Es tan sencillo como un
"ahora no, no me apetece,
no estoy en esa etapa,
no me da la gana y no
me sale del coño".

Estoy asqueada del mundo
cuando no baila al son del compás
cuando alguien ya se metió
entre dos aguas o de que
a una persona le toque el premio
de su vida y ni siquiera lo quería,
si ya lo dice el refrán: Dios le da
pan a quien no tiene dientes.

Harta de privilegios gratuitos,
y de un mundo asocial a la cara
y presente en la red.
Un "¿quedamos este finde
para hacer el amor o tomar algo?"
Ya decía yo que ese mundo no es
para mí que siempre navego a contracorriente.

O también está el de "¿Cómo lo
tienes este finde?" ¿En qué momento
de mi existencia, hoy hormonada,
se me puso cara de secretaria?

Ya decía yo que me equivoqué de
siglo al nacer, pero es lo que
me ha tocado y no tengo nada
que hacer contra ello, solo quejarme
y es lo que hago.

Cansada, hastiada, entristecida
de que aún nada, haya salido
como mi cabeza imaginó,
a veces di las gracias porque
la versión que me tocó vivir
era mucho mejor
pero sin embargo otras
veces, maldecí hasta
al Santo más justo.



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