Y
ahora, que tengo las
hormonas
a mil por hora,
el
humor que no sé ni
cómo
me siento, el hambre que
no
desaparece y el cuerpo
a
flor piel vengo a dejar
por
escrito lo que mejor
se
me da hacer: quejarme.
Hasta
los cojones de lo que sí
y
de lo que no, de jugar
y
no ganar y mira que a mi
un
casino me vuelve loca.
Hasta
los santos ovarios
de
ver piscinas sin agua
y
polvos bajo escrito y con
consenso
de un puto
"sí"
o de un maldito "no".
No,
no es tan fácil pero tampoco
es
lo más complicado.
Es
tan sencillo como un
"ahora
no, no me apetece,
no
estoy en esa etapa,
no
me da la gana y no
me
sale del coño".
Estoy
asqueada del mundo
cuando
no baila al son del compás
cuando
alguien ya se metió
entre
dos aguas o de que
a
una persona le toque el premio
de
su vida y ni siquiera lo quería,
si
ya lo dice el refrán: Dios le da
pan
a quien no tiene dientes.
Harta
de privilegios gratuitos,
y
de un mundo asocial a la cara
y
presente en la red.
Un
"¿quedamos este finde
para
hacer el amor o tomar algo?"
Ya
decía yo que ese mundo no es
para
mí que siempre navego a contracorriente.
O
también está el de "¿Cómo lo
tienes
este finde?" ¿En qué momento
de
mi existencia, hoy hormonada,
se
me puso cara de secretaria?
Ya
decía yo que me equivoqué de
siglo
al nacer, pero es lo que
me
ha tocado y no tengo nada
que
hacer contra ello, solo quejarme
y
es lo que hago.
Cansada,
hastiada, entristecida
de
que aún nada, haya salido
como
mi cabeza imaginó,
a
veces di las gracias porque
la
versión que me tocó vivir
era
mucho mejor
pero
sin embargo otras
veces,
maldecí hasta
al
Santo más justo.
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