Aún puedo sentir tus dedos
apoyados en mi espalda.
Están fríos pero,
no me importa.
En absoluto me importa,
déjalos ahí.
Siempre.
Aún puedo notar tu nariz
en mi pelo y mi olor
inexistente a camomila.
Aún puedo oír tus llaves
al entrar en la puerta de casa,
y escuchar ese gritito silencioso
que me hacía saber que habías llegado.
Aún voy a los garitos de años
ancestrales y que solía encantarnos,
bueno, encantarte en realidad,
a mí no me hacían ni puta gracia.
Pero te quería.
Sí, aún notándote, pensándote,
riéndote, soñándote, escuchándote,
ya no te quiero.
No.
Y para ser sinceros, no sé
cual es la peor de las penitencias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario