jueves, 6 de julio de 2017

Penitencia.

Aún puedo sentir tus dedos
apoyados en mi espalda.

Están fríos pero,
no me importa.
En absoluto me importa,
déjalos ahí.
Siempre.

Aún puedo notar tu nariz
en mi pelo y mi olor
inexistente a camomila.

Aún puedo oír tus llaves
al entrar en la puerta de casa,
y escuchar ese gritito silencioso
que me hacía saber que habías llegado.

Aún voy a los garitos de años
ancestrales y que solía encantarnos,
bueno, encantarte en realidad,
a mí no me hacían ni puta gracia.

Pero te quería.

Sí, aún notándote, pensándote,
riéndote, soñándote, escuchándote,
ya no te quiero.

No.

Y para ser sinceros, no sé
cual es la peor de las penitencias.

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