Ven y mírame, clava tus ojos en mi mirada.
¿Lo sientes? No pidas disculpas.
Ven.
Mírame y dime qué ves.
Descíframe y ponme el camino fácil.
Vamos, ten el coraje.
Dime que se esconde detrás de mis ojos,
dime que sientes cuando me miras,
dime que eres capaz de ver cada uno
de mis pensamientos como si se tratase
de agua cristalina.
Dime que cada mirada esconde un misterio
sin responder y que sabes que, en ese justo
momento, en este, en el que me miras fijamente,
te estoy mintiendo.
Venga.
Hazlo.
Mírame y dime que para ti la censura se acabó.
Ten el corazón suficiente como para descifrar el
acertijo.
Dime que crees en las miradas, en su poder,
que crees en ti y que crees en mis ojos
aunque sepas que es una pura falacia lo
que mi boca suelta pues, querido, a veces,
no es necesario hablar.
Dale una calada a ese piti que tienes entre los dedos
y luego mira arriba, al cielo. Míralo de forma incrédula
mientras piensas en la odisea de pensamientos que
esconden mis ojos.
Piénsalo, es un buen plan a largo plazo,
porque eso sí, te aseguro de ante mano
que el camino puede ser muy largo
aún así, mírame y dime que ves.
Sigue habiendo mucho misterio
y sobre todo, mucha censura.
O no.
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