Apagamos la luz y contemplamos la nada, la oscuridad, la soledad, nos inmiscuimos en el camino de la noche, de la confesión, del terror, de lo inconfesable, de los secretos.
Todos guardamos secretos, todos y, el que diga que no. Miente.
Todos tenemos esa frase que nos da miedo solo el hecho de pronunciarla, de sentirla y, la guardamos tan dentro de nosotros que pueden pasar años y ahí sigue, intacta como el primer día, sin polvo, limpia y pura como la primera vez que llegó a ti pero ahora...Ahora quieres soltarla y quieres y, no puedes. Y lo deseas y, no te atreves. Y lo anhelas y te vez incapaz. Y así es como nos vamos introduciendo en una espiral de miedo, de tensión puro horror, es todo tan turbio y tan oscuro, tan callado y, tan gritado que no somos capaces de descifrarlo, hasta que un día explotamos y lo gritamos a los cuatro vientos cuando nadie nos oye, cuando ninguna persona nos rodea, cuando nadie nos mira, cuando nadie nos juzga y nos sentimos protegidos por la compañía de uno mismo y es ahí, cuando la calma se apodera de nosotros cuando decimos "se acabó" cuando nos sentimos en libertad como las panteras cuando volvemos a ser nosotros pero, con un secreto ya confesado, ya dictado, ya juzgado.
Ese mismo secreto inconfesable que desvelamos a la nada.
Ese secreto que todos tenemos. Ese que gritamos a viva voz que sentimos. Ese que se vendrá con nosotros de por vida.
Al que queremos sobre todas las cosas y al que amamos sin prejuicios. Todos tenemos uno y yo, la primera.
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