viernes, 2 de diciembre de 2016

La línea verde.

Ahora en la soledad que me inunda, en cuatro paredes de un color que bueno, deja mucho que desear y un lugar lejos del mundo exterior paro aquí porque siempre, vuelvo aquí, a casa. Siempre volvemos como el turrón en navidad y el anís en nochebuena. Volvemos porque tenemos que volver. Volvemos a respirar porque la caja de pino no conjunta bien con los vaqueros. Volvemos porque en la vida siempre hay una línea verde.

Esa línea de esperanza, de obligación, de optimismo, de fuerza, esa línea verde que quiero dibujar en una parte de mi vida que no controlo yo si no, el resto.
Esas personas que te rodean a diario de las cuales aprendes, desde sus fetiches nunca contados hasta sus miradas más frustrantes. Esa línea verde que cruza la perfección de un dibujo jamás pintada en una hoja que no existe y es que, la línea verde depende del resto al igual que de nosotros, porque en nuestro interior está la capacidad de lo que queremos aprender y lo que aprendemos, depende de esas charlas en los bares donde la cerveza corre y las boquillas se pide al de al lado. Porque una visita inesperada te alegra el día  al igual que una cita en el mismo lugar y a la misma hora. Porque siempre volvemos, volvemos aunque no nos guste porque de esas idas y venidas seguimos construyendo la línea verde. Todo tiene su lado bueno como las monedas de dos euros.

Un recta que no tiene final, que es infinita como las olas del mar. Un mar que da paz. Un mar que a veces, te da la respuesta que esperas. Un mar donde las estrellas no están pero el agua mágica siempre queda presente para que así puedas concentrarte en ese verde de la recta, en la línea que te dice que todo irá bien, esa misma que debemos de alargar a diario junto a las personas que quieres. Da igual lo que hagas pero construye esa línea, acuérdate de ella a diario y todo, cobrará sentido. Porque es como la navidad, siempre vuelve y, como me escribieron en una postal: volveremos a volver.

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