Esos
momentos en plena madrugada de soledad, tranquilidad, silencio, en definitiva
paz. Esa, era su ocasión para apurar lo poquito que quedaba de día. Era ahí,
cuando ella veía películas, series,
incluso se marchaba de este planeta para irse a otro de la mano de un libro o...
la leía. No lo solía hacer con frecuencia, pero de vez en cuando se pasaba por donde ella
sabía que la encontraría y así poder disfrutar de esa gran escritura que aunque breve, era intensa.
Nadie
lo sabía, pero no todos podían leer lo que aquella mujer de cigarro en mano y
copa en la mesa tenía delante de ella
frente al gran ventanal, puede que muchos se lo imaginasen, puede que sí, puede
que no, nunca lo sabría pero tampoco quería. Sabía que en parte era
privilegiada y que esta, probablemente fuese una de las formas de no dejar
morir esos escritos, de mantenerlos vivos por una eternidad, de no matarla. No
lo iba a permitir, no se lo podía permitir.
Cuando
apagó el cigarro y bebió lo que quedaba en el vaso leyó las dos últimas líneas
y concluyó: -Nunca morirás y lo sabes.
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