jueves, 27 de junio de 2013

Ella, marcada por la rutina, todos los días lo mismo, se levantaba a las 08:00, se dirigía a la ducha, se vestía,  bajaba a la cocina y se preparaba un café bien cargado con dos magdalenas, siempre dos, ni una más ni una menos. Luego cogía el coche y se dirigía al trabajo. Cuando llegaba cenaba y alguna que otra noche visitaba el bar del final de la calle. Bar donde una noche tras el tercer cosmopolitan se dio cuenta que lo que en realidad quería era enamorarse, no sabía si esperar y dejar que viniese pues el destino seguro que le pondría a alguien en su camino, o provocar ella misma la situación, pero lo que aquella mujer de cosmolitapon en mano tenía claro era encontrar el amor. Ella, quería querer a otra persona que no fuese ni sus amigos ni su familia, era tener a alguien que se preocupase de ella, que estuviese dispuesto a darlo todo, a protegerla, a mimarla, a comprendedla, a echarla de menos cuando no  durmiesen juntos, a sentir que siempre tendría a alguien ahí, a tener ese afecto difícil de describir;  lo que ella quería era tan simple como enamorarse. 


Porque con una bebida podemos darnos cuenta de lo que queremos realmente...

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